
UN ESPOSO PARA LA CEO PARALITICA
Cintia Vanesa Barros Freile · Completado · 141.9k Palabras
Introducción
Pero nadie les advirtió lo peligroso que sería enamorarse. ?
Una CEO brillante.
Un hombre oscuro marcado por secretos.
Un acuerdo que debía durar un año…
y una atracción capaz de destruirlo todo.
Y un hombre que juró no enamorarse…
hasta que ella rompió todas sus reglas.
Capítulo 1
El Ultimátum
❦
Anabella Ríos miró a su abuelo cinco segundos sin parpadear. Lo justo para confirmar que lo había oído bien.
—Te casarás en siete días —repitió Rafael, de pie al otro lado del escritorio, sin rastro de broma.
Anabella dejó caer el bolígrafo. Hizo un ruido pequeño contra la madera. Un ruido caro.
—Abuelo. ¿Perdiste la razón?
—No.
—Primero las citas a ciegas. Después las cenas con sobrinos de tus amigos. Ahora entras en mi oficina, interrumpes una reunión y me sueltas, sin avisar, que me voy a casar. ¿Y con quién, además? ¿Con el alcohólico de los Salvatierra al que ni su propia familia aguanta?
—No es alcohólico. Es uno de los herederos.
—Es un alcohólico que además es uno de los herederos. No es excluyente, abuelo. Y en este caso no me parece que las dos cosas se compensen.
Rafael no se inmutó. Llevaba dos años preparando esa frase. Una más le daba igual.
—Ya hablé con mi viejo amigo Emilio. Estamos de acuerdo. Él necesita disciplina. Tú necesitas un marido.
—Yo no necesito un marido.
—Necesitas un heredero, que es lo mismo en mi cabeza.
—No lo es en la mía.
—Tu cabeza la pago yo, hija. Y por una vez en quince años, te estoy pidiendo que la apagues durante diez minutos y me escuches.
Anabella soltó una carcajada que no se le pareció a nada que hubiera soltado en años. Seca. Rabiosa. Sin ironía, que era peor que con.
—¿Un experimento? ¿Eso somos? ¿Dos ratas que dos viejos seniles van a mezclar a ver qué sale? —negó con la cabeza—. No pienso casarme con un Máximo Salvatierra. Ni hoy. Ni mañana. Ni cuando me dé la gana, que sería nunca.
Rafael no levantó la voz. Nunca la levantaba. Era la única cosa que tenía en común con su nieta y la única, también, por la que ella nunca le había ganado una discusión.
—Bien. Entonces lo pierdes todo. Te destituyo como CEO. Hoy. A las cuatro. Retiro tu acceso. Retiro tu firma. Retiro tu autoridad sobre los doce consejos que llevas dirigiendo desde los veinticinco. Y te mando a la casa de descanso de las afueras. La de los Pinares. La que mandé construir para tu abuela. Pintarás acuarelas. Harás terapia. A ver si dentro de cinco años vuelves a caminar.
Le atravesó el pecho. No por la mención de las piernas. Por la otra mención. La del único sitio en el que llevaba cinco años sin sentirse rota.
—Ahora me tratas como una inútil.
—Te trato como a una nieta a la que se le acabaron las excusas.
—¿Crees que soy Victoria? ¿La princesa hueca que se gasta el dinero en fiestas que no organizó, en desfiles que no pagó y en escándalos que después arregla papá?
—Si te comparara con Victoria, jamás te habría sentado en esa silla. Y no me refiero a la de ruedas. Me refiero a esta. La del despacho. Te crié. Sé quién eres. Y sé lo que puedes hacer. Por eso te pido esto.
—Me lo exiges.
—Te lo exijo. Tienes razón. Acepta el compromiso. Cásate. Sigue al frente del Grupo Ríos. O escoge tu soberbia y tu amargura y piérdelo todo. Eso es lo que hay.
Anabella le sostuvo la mirada un minuto entero. No menos. Lo contó porque Anabella Ríos contaba el tiempo de las cosas importantes.
—Está bien. Acepto casarme con ese inútil. Pero que quede claro: esto es un matrimonio por contrato. Nada más. No le voy a dar un hijo. No le voy a dar mi cama. No le voy a dar mi nombre. La empresa la sigo dirigiendo yo. Si en algún momento ese hombre intenta cogerme una decisión, lo echo de la mansión y lo dejo en la calle con la misma ropa con la que entró.
—Lo sé.
—Y que conste por escrito.
—Lo redactaré yo mismo.
—Y mi prima Victoria no entra a la boda. Ni mi madre. Ni la familia Salvatierra entera salvo el novio y su abuelo. Si quieres una boda, te haces cargo tú de la lista de invitados y te encargas tú de cumplir esa condición. No quiero ver a esa mujer ni de lejos.
—No la verás.
—Bien. ¿Algo más?
—Solo una cosa.
—Habla, abuelo. Tengo el día ocupado.
—Que no te arrepientas.
—Te aseguro que será un suplicio.
—Ya lo veremos.
Salió sin esperar a que ella le pidiera salir. Rafael Ríos llevaba ochenta y un años sin pedir permiso para entrar y dieciocho años, exactamente, sin pedirlo tampoco para salir. Le cerró la puerta despacio. Con la mano izquierda, que era la mano con la que cerraba las puertas importantes.
Anabella dejó caer la espalda contra el respaldo. El aire del despacho se le había quedado espeso. Tenía los dedos helados y la mandíbula apretada y una rabia muy concreta, muy vieja, muy útil, que llevaba cinco años usándola como combustible para todo lo que firmaba, lo que decidía, lo que negaba.
Hoy le iba a servir para casarse.
Y de pronto, sin avisar, el pasado entró por la puerta que Rafael acababa de cerrar.
Cinco años atrás.
Llegó al apartamento de Diego sin avisar. Llevaba una botella de Châteauneuf, una sonrisa estúpida y un plan tonto. Quería sorprenderlo. Llevaba dos semanas notándolo distante y se había convencido a sí misma de que era el trabajo, porque ella era una mujer de veintitrés años brillante y enamorada y absolutamente incapaz, esa noche, de imaginar otra explicación.
Abrió con su llave.
Lo primero que oyó fue una respiración agitada. Lo segundo, una risa. Lo tercero, el nombre de Victoria, dicho por Diego en un tono que ella jamás había oído.
Caminó dos pasos. Vio la camiseta de él en el suelo. Vio los zapatos de ella. Caminó dos pasos más.
Y los vio.
Diego encima de su prima. Victoria desnuda. Los dos riéndose entre besos, sin oírla, sin notar que la puerta del dormitorio estaba abierta, sin pensar siquiera en cerrarla porque no estaban esperando a nadie.
—Mírala, ni se entera —murmuró Victoria, y fue lo último que Anabella oyó con los oídos sin tapar, porque a partir de esa frase todo le entró como bajo el agua.
—Es demasiado confiada —contestó Diego, sin parar lo que hacía.
Anabella no gritó. No le salió.
Se quedó tres segundos en la puerta. Después se dio la vuelta. Salió del apartamento sin cerrar la puerta. Bajó las escaleras sin acordarse de pulsar el botón del ascensor. Llegó a la calle.
Llovía. Fuerte. Llovía esa lluvia de octubre que en su ciudad cae una vez al año y dura cuarenta minutos y nadie sabe explicar.
Cruzó la calle sin mirar.
Oyó el frenazo. Oyó un grito que no supo si era suyo o del conductor. Oyó el golpe seco de su cuerpo contra el metal. Y después oyó silencio.
La oscuridad llegó como una pared.
Despertó en una cama de hospital. Olía a desinfectante. No sentía las piernas. Los doctores hablaban de lesión medular incompleta T-12, pero a Anabella no le llegaron las palabras. Solo le llegó la mirada de su abuelo. Sentado al lado de la cama. Sin maquillaje, sin discurso, sin armadura. Llorando como un hombre que jamás había llorado.
Diego no apareció.
Victoria mandó flores. Y una nota. Decía no quería hacerte daño. Ni una disculpa. Solo eso. No quería hacerte daño. Como si el daño no fuera la cosa que le había hecho, sino el efecto secundario molesto.
Anabella leyó la nota una vez. La rompió en cuatro. La tiró a la papelera.
Y desde esa mañana levantó un muro. Y desde esa mañana firmó cada contrato pensando que el siguiente la iba a tener que pillar entera porque no quedaba sitio donde le rompieran un trozo más.
Y desde esa mañana, exactamente, Anabella Ríos llevaba cinco años cobrándole al mundo la factura.
Volvió en sí en su despacho.
Tenía los dedos blancos de apretar el bolígrafo. Lo soltó. Cogió el teléfono.
—Marta.
—Sí, jefa.
—Cancela la agenda de la próxima semana. Toda.
—¿Toda toda?
—Toda toda. Me caso.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. De los buenos. De los que se cobran después.
—¿Con quién, jefa?
—Con el primer hombre que aparezca por la puerta de la catedral el sábado.
—¿La catedral de qué? ¿La iglesia mayor de…?
—La que sea, Marta. La que prefieras. Encárgate tú. Sin invitados. Sin flores. Sin tarta. Sin nada. Solo el cura, los testigos y mi vestido. Si quieres haz fotos, así de paso vendemos exclusiva a una revista y recuperamos el coste.
—Jefa.
—¿Sí?
—¿Está usted bien?
—No. Pero acabo de salvar la empresa. Encárgate del sábado.
Colgó.
Y en el pasillo de mármol del piso veinte, su abuelo Rafael Ríos bajaba con el bastón marcando un ritmo lento, calculado, antiguo. No estaba orgulloso de lo que acababa de hacer. Pero llevaba cinco años viéndola morir por dentro sin permiso para tocarla, y un día, aunque ese día llegara con la forma de un alcohólico llamado Máximo Salvatierra y de una boda sin invitados un sábado a las seis, había decidido que ya no.
Si el chico era la chispa que podía romperle la coraza a su nieta, estaba dispuesto a arriesgarlo todo.
Aunque el precio fuera convertirse, durante un rato, en el villano de su historia.
Lo pagaría.
Llevaba ochenta y un años acostumbrándose a pagar.
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Última actualización: 7/29/2026
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