
Despiértame
Luna The Creator · En curso · 94.8k Palabras
Introducción
Guiada por un sabio mentor, Isabel comienza a dominar sus poderes y a explorar el reino espiritual. Es allí donde conoce a Alexander, un hombre como ningún otro que haya encontrado antes. Su atracción es inmediata e intensa, alimentada por la energía del reino y una profunda comprensión de su destino compartido. Mientras exploran su conexión, Isabel descubre verdades ocultas sobre sus vidas pasadas y la razón de su reencuentro en este reino. Juntos, deben superar desafíos y obstáculos para cumplir su misión como llamas gemelas y traer equilibrio al universo.
Con una mezcla de sensualidad y espiritualidad, Despiértame es una historia de amor y destino que llevará a los lectores en un viaje de autodescubrimiento y exploración del universo mayor. Una historia cautivadora que dejará a los lectores anhelando más, una historia de dos almas unidas por el poder del reino espiritual y la intensidad de su pasión.
Capítulo 1
Isabel siempre sintió que vivía en una realidad distinta a la de quienes la rodeaban. Su familia no la comprendía y a menudo la descartaba como una niña extraña y soñadora que pasaba demasiado tiempo perdida en su propio mundo. Pero Isabel sabía que la vida era mucho más de lo que se ve a simple vista. Podía ver el mundo en colores vibrantes y vívidos, y percibir la energía del universo a su alrededor.
Desde muy pequeña, los dones de Isabel la apartaron de sus compañeros. Mientras otros niños se conformaban con jugar con juguetes y juegos, a Isabel le interesaba más explorar los misterios del universo. A menudo se adentraba en el bosque, hablando con los árboles y con los animales que vivían allí, y sintiendo una conexión profunda con la tierra y con la naturaleza.
Su apariencia singular ya resultaba impactante, con rasgos que parecían casi de otro mundo. Tenía el cabello largo, rizado y dorado, que caía en perfectos tirabuzones alrededor de su rostro angelical, y unos ojos azul cristal, brillantes, que centelleaban con una curiosidad inocente. Su piel era de un tono marrón dorado intenso, con un brillo natural que dejaba entrever el aura radiante que la rodeaba.
A pesar de su corta edad, Isabel se conducía con una gracia y una seguridad que desmentían los años que tenía. Había en ella una cualidad etérea, como si fuera un ser de otro plano. Su ropa siempre estaba adornada con patrones intrincados y colores vivos, que parecían reflejar los colores y las energías que ella veía en el mundo a su alrededor. Prefería vestidos largos y vaporosos que se arremolinaban alrededor de sus tobillos al caminar, dándole el aspecto de un hada o un duende.
Sin embargo, sus ojos eran quizá su rasgo más hipnótico. Eran grandes y redondos, con una inocencia y un asombro poco comunes en alguien tan joven. Cuando te miraba, era como si pudiera ver hasta el fondo de tu alma, con una mirada a la vez intensa y serena. En sus ojos habitaban una sabiduría y una profundidad que iban más allá de su edad, como si ya hubiera vivido muchas vidas.
A pesar de su belleza, Isabel nunca usó su aspecto para llamar la atención o impresionar a los demás. En cambio, se mantenía humilde y con los pies en la tierra, siempre enfocada en sus dones espirituales y en su conexión con el universo. Su belleza no era más que un reflejo de la pureza y la luz que brillaban en su interior, un recordatorio de que hay magia y maravilla en el mundo, incluso para una niña.
Isabel creció con una habilidad innata para percibir el mundo de una manera que los demás no podían. Veía colores vibrantes invisibles para todos los demás, y sentía energías que otros no lograban detectar. De niña, hablaba con los árboles y los animales que vivían en los frondosos bosques que rodeaban su pequeño pueblo, enclavado en el corazón de las montañas. Isabel sentía una conexión irrompible con el mundo natural que la rodeaba, un mundo lleno de magia y maravilla.
El aire en el bosque siempre era fresco y limpio, y el cielo tenía un azul profundo que parecía extenderse para siempre. Era un lugar donde todo era posible, donde la imaginación de Isabel podía vagar libre. Pasaba horas recorriendo el bosque, hablándoles a los árboles y sintiendo la energía que fluía a través de ellos.
A medida que crecía, Isabel se dio cuenta de que su capacidad de ver el mundo de una manera única era un don. Pero aun así, no podía explicar del todo lo que veía y sentía. Colores que para ella eran intensos resultaban invisibles para los demás, y las energías que percibía eran imposibles de detectar para otros. Los bosques seguían siendo su santuario, y los animales sus confidentes. La entendían de maneras en que los humanos nunca podrían.
La imaginación de Isabel continuó evolucionando, y ella veía el mundo de un modo a la vez asombroso y misterioso. La belleza y la magia del bosque se volvieron parte de ella, y las llevaba consigo a dondequiera que fuera. Para ella, el bosque no era solo un lugar, sino una entidad viva, palpitante, con la que podía comunicarse.
A través de su forma única de percibir el mundo, Isabel descubrió una comprensión más profunda de la naturaleza y un aprecio profundo por los misterios del universo. Encontraba consuelo en la energía que fluía por todo lo que la rodeaba, y en la certeza de que siempre había más por descubrir.
Isabel tenía apenas cuatro años cuando tuvo su primer encuentro con las auras. Mientras observaba a los niños jugar en el parque, notó a su alrededor un resplandor extraño y colorido que centelleaba bajo la luz del sol. Emocionada por aquel nuevo descubrimiento, Isabel corrió hacia su mamá y exclamó con entusiasmo:
—Mami, mami, ¡mira! ¡Los niños, todos están brillando! ¿No lo ves?
Sin embargo, su mamá, con expresión confundida, no podía ver lo que Isabel estaba viendo. Lo descartó como producto de una imaginación demasiado activa, pero Isabel sabía que lo que había visto era real. Deseaba tener a alguien que pudiera comprender su experiencia y compartir su emoción.
Como todos los niños de su edad, Isabel carecía del vocabulario y de la comprensión necesarios para describir lo que estaba viendo. Aun así, recordaba con nitidez que sentía la energía a su alrededor. Siempre había supuesto que todos podían ver las auras como ella, pero pronto se dio cuenta de que no era así. Pese al escepticismo de su mamá, Isabel seguía convencida de que los colores que veía no eran imaginarios, sino que de verdad estaban ahí.
Con cada día que pasaba, el peso de la incapacidad de Isabel para transmitir la profundidad de sus pensamientos y emociones se volvía más pesado. Anhelaba una manera de expresar el caleidoscopio de su percepción, pero parecía que nadie más podía captar los tonos vívidos que ella veía en el mundo que la rodeaba. Esa sensación de aislamiento la dejaba como una viajera solitaria, incomprendida y a la deriva en un mar de convencionalismos.
Cuando por fin logró encontrar las palabras para expresar lo que había vivido, los adultos a su alrededor se apresuraron a desestimar lo que decía. Le dijeron que las auras no eran reales y que simplemente se lo estaba imaginando. Fue un golpe devastador para Isabel, que siempre había confiado en que los mayores lo sabían todo.
Fue un punto de inflexión en la vida de Isabel. Desde muy pequeña, había aprendido que la gente podía ser desdeñosa y de mente cerrada cuando se trataba de experiencias que no entendían. Fue una lección que se le quedó grabada, moldeando su percepción del mundo y de quienes la rodeaban.
La Isabel pequeña, antes de ojos brillantes y ansiosa, empezó a dudar de sí misma. Se esforzaba por conciliar lo que sabía que era cierto con lo que los demás le decían. Era una batalla constante, y una que cargaría consigo durante años. Sin embargo, a pesar de los desafíos, Isabel se negó a renunciar a sus creencias. Se mantuvo decidida a encontrar una manera de compartir sus experiencias con otros y ayudarlos a comprender el mundo como ella lo veía. Estas vivencias a menudo dejaban en Isabel una sensación de inquietud y una curiosidad ardiente por lo desconocido, siempre anhelando algo más, algo más allá de la realidad mundana de la vida cotidiana.
Desde pequeña, Isabel sabía que el mundo estaba lleno de magia y asombro, pero al crecer descubrió que no todos estaban abiertos a su perspectiva única. Veía belleza en las cosas más pequeñas, en el modo en que las hojas susurraban con el viento o en cómo la luz del sol danzaba sobre el agua. Pero pronto se dio cuenta de que sus experiencias no siempre eran bien recibidas en el mundo común, y aprendió a guardárselas, como secretos valiosos que solo ella podía atesorar.
Cuando llegó a la preparatoria, Isabel comprendió que, si quería sobrevivir en el mundo real, tendría que ocultar sus dones y mezclarse con los demás. Fue a la universidad, consiguió un trabajo y empezó a llevar una vida normal. Pero en el fondo siempre supo que su verdadero propósito estaba en otra parte, que había algo más esperándola.
No sería hasta que tropezara con la cabaña apartada en el bosque cuando, por fin, encontraría su verdadera vocación.
Era un logro impresionante reunir una pequeña fortuna a los seis meses de haberse graduado de la universidad. Pero Isabel nunca fue de dormirse en los laureles. Quería más; siempre andaba en busca de esa chispa esquiva que la hiciera sentirse de verdad viva. Por eso, cuando su novio, Brad, le pidió que se mudara con él a una ciudad completamente distinta, no dudó en decir que sí.
Al principio, era emocionante empezar un nuevo capítulo de su vida con Brad. Solo llevaban tres meses saliendo antes de la graduación, pero Isabel supo desde el momento en que lo conoció que era diferente a cualquiera que hubiera conocido. Era ambicioso y determinado, igual que ella, y la riqueza insoportable de su familia solo aumentaba su atractivo. Juntos, eran una pareja poderosa en potencia.
Isabel se entregó de lleno a ayudar a Brad a lanzar su empresa emergente, volcando el alma en el proyecto. Era una apuesta arriesgada, pero ambos creían en el negocio y en su capacidad para convertirlo en un éxito. Y lo lograron. En apenas unos años, su empresa apareció en la lista Fortune 500 y se volvieron celebridades de la noche a la mañana. Eran la comidilla de la ciudad, la pareja más fotografiada, e Isabel no podía evitar sentirse orgullosa de todo lo que habían conseguido juntos. Pero, a medida que crecían su fama y su fortuna, no conseguía sacudirse la sensación de que aún faltaba algo, algo que no terminaba de identificar.
¿A quién creía que estaba engañando? No era que no pudiera ponerle el dedo encima. El problema era que se le habían acabado los dedos. ¿Siempre había sido una persona tan difícil? Se sorprendía pensándolo más a menudo de lo que debería. Brad le había dado un estilo de vida que pondría celosa hasta a Meghan Markle. ¿Por qué querría alguien formar parte de la realeza británica? Todos parecían tan estirados, aburridos y apáticos. La fachada de felicidad que intentaban proyectar no tenía ninguna oportunidad frente al vacío y la tristeza evidentes en sus ojos. Por cliché que sonara, Isabel creía firmemente que los ojos son las ventanas del alma. Los ojos de la realeza parecían muertos y, a veces, ni siquiera humanos. Se veían fríos, con esa clase de frialdad que viene de ser de sangre fría. A estas alturas, sería más fácil convencerla de que eran reptiles y no personas.
No se le habían acabado los dedos por la gente lagarto. Se le habían acabado porque necesitaba identificar la raíz del vacío creciente, la insatisfacción y la irritación que le hervían en el centro. Por eso empezaba a verse a sí misma como una maldita hija de puta.
Muy propia de una hija de puta, no podía arriesgarse a que los medios la retrataran como la auténtica hija de puta que era. Ya tenía suficiente gente que la despreciaba por pura celosía y envidia. ¿Se imaginan el festín que se darían los tabloides cuando se enteraran de que había terminado con Brad sin otro motivo que el de que él le había dado más de lo que jamás había soñado: despertarse en lugares nuevos y exóticos más mañanas que en su propia cama? Su éxito y popularidad como pareja habían venido acompañados de una cantidad ridículamente excesiva de seguidores en redes sociales, lo que los convirtió en influencers. A esta mujer le pagaban literalmente más de lo que algunas personas ganan en un año por aparecer vestida con la moda y las joyas más exquisitas, ir a una fiesta y tomarse una foto con su novio. Brad no había hecho absolutamente nada malo, y desde luego no a los ojos de los medios.
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