
Me Encantas Cuñado
eisa22201 · En curso · 69.2k Palabras
Introducción
Destrozada y llena de rabia, busca refugio en un bar. Allí conoce a un hombre elegante y fascinante con quien sostiene una noche de pasión salvaje e desenfrenada. Por primera vez en su vida experimenta el verdadero placer, descubriendo que su matrimonio está muerto.
Invadida por la culpa, huye al amanecer decidida a guardar el secreto, sabiendo que no puede divorciarse porque Ignacio controla la herencia de su padre. Sin embargo, su plan se desmorona cuando su esposo regresa a casa acompañado por el recién llegado de Europa: Gabriel Velasti, su hermano menor... el mismo hombre con el que acaba de pecar.
Atrapada en la misma propiedad y bajo la mirada acosadora de Gabriel, Lucrecia se verá arrastrada a un juego peligroso donde la venganza, el control sobre su dinero y una tentación prohibida amenazarán con destruirlo todo.
Capítulo 1
La mesa estaba impecable. Los candelabros de plata proyectaban una luz cálida sobre los platos intactos, la botella de vino de reserva permanecía cerrada y los pétalos de rosa sobre el mantel comenzaban a marchitarse. Faltaban diez minutos para la medianoche.
Lucrecia se miró en el espejo del recibidor. Llevaba un vestido ajustado de seda roja, de escote profundo y espalda descubierta, comprado exclusivamente para esa ocasión. Había pasado horas peinando su cabello oscuro y maquillándose con minuciosidad. Era su tercer aniversario de bodas y se había prometido a sí misma que esta noche enfrentaría la distancia que los separaba.
Sin embargo, el silencio de la mansión era la única respuesta. Ignacio Velasti no llegaba y no respondía sus llamadas.
Cansada de esperar, Lucrecia tomó las llaves de su auto y condujo hacia el edificio corporativo del Grupo Velasti. Quería pensar que él simplemente se había quedado atrapado en una reunión de última hora. Al llegar, subió en el ascensor privado hasta el piso de la presidencia. Las luces del vestíbulo estaban apagadas, pero la luz de la oficina de Ignacio filtraba una rendija por la puerta entreabierta.
Lucrecia dio un paso adelante para llamarlo, pero se congeló de golpe.
A través del cristal semiopaco, vio a Ignacio sentado en su sillón ejecutivo. Sobre su regazo estaba su secretaria, con la blusa desabrochada, mientras él la sujetaba por la cadera en un movimiento rítmico y explícito. Los gemidos de la mujer resonaban con claridad en la solidez del pasillo.
A Lucrecia se le cortó la respiración. Un frío glacial le recorrió las venas, seguido por un dolor punzante en el pecho. No gritó, no empujó la puerta ni montó un escena. La parálisis del impacto se apoderó de ella. Dio tres pasos hacia atrás, en silencio, y regresó al ascensor con las manos temblorosas y el alma hecha pedazos.
Todo el dolor y los años de esfuerzo por complacer a un hombre que la despreciaba se transformaron en una rabia ciega. Mientas conducía sin rumbo fijo, las lágrimas le empañaban la vista.
Terminó en un exclusivo bar del centro de la ciudad, un lugar de penumbra elegante y aroma a whisky costoso. Se sentó en la barra y pidió un trago fuerte. Luego otro. Necesitaba ahogar la imagen de su esposo con otra mujer.
—Una mujer tan fascinante no debería beber sola con esa mirada de despecho —dijo una voz grave, profunda y sensual a su lado.
Lucrecia giró la cabeza. A su lado se había sentado un hombre alto, de hombros anchos y porte impecable. Llevaba un traje a medida, con la corbata ligeramente aflojada. Sus rasgos eran marcadamente masculinos: una mandíbula firme y unos ojos oscuros e intensos que la escudriñaban con un deseo nada disimulado.
Para cuando él le ofreció salir de allí, Lucrecia no lo dudo. La bruma del alcohol y el despecho tomaron el control.
El trayecto al penthouse del desconocido fue un torbellino de besos urgentes en el auto. En cuanto la puerta de la suite se cerró tras ellos, no hubo espacio para las dudas.
Él la tomó por la cintura, pegando su cuerpo firme al de ella, y la besó con una ferocidad que le quitó el aire. Le desabrochó el vestido de seda roja, dejándolo caer al suelo, y la contempló como si fuera una diosa.
A diferencia de la frialdad e indiferencia de Ignacio —quien en la intimidad siempre había sido apresurado, egoísta y distante—, este hombre devoró cada centímetro de su piel. La llevó a la cama y se tomó su tiempo. Sus manos calientes recorrieron sus muslos, elevando la temperatura de Lucrecia a niveles que nunca antes había experimentado. Sus labios descendieron por su vientre hasta rozar el centro de su feminidad, haciéndola arquear la espalda y ahogar un grito de sorpresa.
La embestida fue intensa, rítmica y salvaje. Él la reclamó con una pasión arrolladora, sujetando sus manos contra las sábanas mientras la miraba fijamente a los ojos. Lucrecia sintió cómo una ola de calor insoportable se acumulaba en su vientre, una tensión que jamás había sentido con su esposo. Y de pronto, el mundo explotó.
Lucrecia se aferró a la espalda musculosa del desconocido mientras las contracciones involuntarias de su cuerpo la sacudían en un orgasmo devastador, intenso y prolongado. Un gemido agudo se le escapó de los labios, mientras lágrimas de éxtasis le resbalaban por las mejillas. Por primera vez en toda su vida, sabía lo que era el verdadero placer. En ese instante de plenitud física, la verdad la golpeó con claridad brutal: su vida sexual y afectiva con Ignacio estaba muerta, y nunca había existido en realidad.
El rayo de luz matutina filtrado por las cortinas despertó a Lucrecia.
Al sentir el brazo pesado del hombre rodeándole la cintura al desnudo, la culpa la golpeó como un mazazo. Se levantó a toda prisa, procurando no hacer ruido. Se vistió con manos temblorosas, sin atreverse a mirar al hombre que dormía plácidamente en la cama, y huyó de la suite.
De regreso a la mansión, mientras el agua caliente de la ducha intentaba borrar el rastro de la noche anterior, Lucrecia analizó su situación con cabeza fría. Ignacio la engañaba y ella lo había traicionado por despecho. Quería pedirle el divorcio e irse lejos, pero sabía que era imposible.
Su padre, antes de morir, había dejado la albacea de la herencia familiar y el control absoluto de sus cuentas bancarias en manos de Ignacio hasta que ella cumpliera treinta años o tuvieran un heredero. Si intentaba separarse de él ahora, Ignacio congelaría sus fondos, la dejaría sin un solo centavo en la calle y usaría sus influencias legales para arruinarla. Estaba atrapada. Tendría que soportarlo, disimular y planear su salida con inteligencia. Decidió sepultar lo ocurrido esa noche como un secreto que jamás saldría a la luz.
Dos horas después, ya vestida con un traje sobrio y componiendo su mejor máscara de serenidad, escuchó el auto de Ignacio estacionarse.
Lucrecia bajó a la sala principal. La puerta se abrió y entró Ignacio Velasti, luciendo su habitual expresión fría y distante. Pero no venía solo.
—Lucrecia —dijo Ignacio con voz seca, sin acercarse a saludarla—. Qué bueno que estás despierta. Quiero presentarte a alguien. Llegó anoche del extranjero para incorporarse a la directiva de la empresa.
Ignacio se hizo a un lado.
Un hombre alto, de hombros anchos, traje impecable y mirada oscura dio un paso al frente. Al cruzar su mirada con la de Lucrecia, una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios, reconociendo al instante la piel que había sostenido entre sus manos unas horas atrás.
—Lucrecia, te presento a Gabriel Velasti —dijo Ignacio con indiferencia—. Mi hermano menor.
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Última actualización: 9/11/2026#76 Capítulo 76 Frente A Valenti
Última actualización: 9/11/2026#75 Capítulo 75 La Fortaleza
Última actualización: 9/11/2026#74 Capítulo 74 Buscando Un Aliado
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Última actualización: 9/9/2026
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El deseo del millonario.
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Digo, porque debe existir una razón para que a estas alturas me siga afectando aquello que viví hace tantos años. Algo que explique, por qué los hechos que me llevaron hasta donde hoy estoy, me persigan sin cansancio.
Desde que todo comenzó, o acabó, depende de cómo se mire, no he podido avanzar. No realmente. Siempre hay algo que me hace regresar atrás.
Una frase. Un lugar. Una fecha.
Todo me lleva hacia él.
A mi supuesto "para siempre".
La frustración y la rabia me llenan cuando recuerdo cómo sucedió todo. Cómo fue capaz de mirarme a los ojos mientras besaba a otra, mientras tocaba a otra. Cómo fue capaz de culparme de todo cuando lo enfrenté.
El dolor de la traición fue horrible. No solo por lastimar mi orgullo, mi dignidad, sino también, por todo lo que provocó en mi posterior vida.
Me prometió un para siempre. Y nunca lo cumplió.
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