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Flores para una esposa rota. Reina de cenizas.

Flores para una esposa rota. Reina de cenizas.

jedacla · Completado · 251.2k Palabras

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Introducción

—Zayen, espera—, intenté protestar, pero él ya capturaba un pezón entre sus labios, succionando con una intensidad que me arrancó un gemido.  
—¡Cállate! —ordenó entre dientes, mientras su lengua dibujaba círculos tortuosos en mi pezón. —Tu cuerpo ya eligió lo que verdaderamente quiere...

Viviana fue entregada por el destino a la familia equivocada. Desde los nueve años, vivió bajo el techo de sus tíos tras la muerte de sus padres, rodeado de desprecio, manipulación y envidia. Rebeca, la hija de sus tíos, siempre la vio como una amenaza: más bonita, más brillante, y ahora... heredera de una fortuna que ella siente que le pertenece.
Pero hay una cláusula que lo cambia todo: Viviana solo podrá acceder a su herencia si se casa con el hijo del mejor amigo de su padre, un hombre al que nunca ha visto... hasta que aparece Él.
Zayden Blackwood no cree en el amor. Frío, despiadado y con una oscura agenda propia, acepta el matrimonio por interés. Viviana, inocente y dócil, piensa que con el tiempo podrá ganarse su corazón. Pero no sabe que su esposo no solo quiere la herencia... quiere quebrarla, destruirla lentamente... y arrastrarla a su propio infierno personal.
Sin embargo, lo que Zayden no anticipa... es que incluso la flor más delicada puede desarrollar espinas cuando ha sido regada con sangre.

Capítulo 1

Viviana Carter.

Dicen que toda novia brilla el día de su boda. Yo no.

También que el blanco simboliza pureza. Inocencia. Comienzos felices.

Mentira.

El blanco de este vestido me pesa como una condena. Me envuelve con la misma frialdad de una mortaja.

Mi reflejo en el espejo me devolvió la imagen de una sombra vestida de blanco. Una figura con la espalda erguida, el rostro sereno... y los ojos completamente vacíos. 

Me quedé mirando esa versión de mí misma durante un largo rato, intentando encontrar un rastro de vida en esa mirada apagada. No lo había. Lo que vi fue una mujer rota. Vestida para casarse con un hombre al que nunca había visto, por una herencia que ni siquiera pedí.

Aquí no hay una novia ilusionada… sino una víctima vestida para el sacrificio. El vestido de novia, elegante y sencillo, me quedaba como un disfraz, como si estuviera interpretando un papel en una obra de teatro que nunca quise protagonizar. 

Mis ojos, de un verde intenso, estaban opacos, como si la luz que alguna vez brilló en ellos se hubiera apagado hace mucho tiempo. Me acerqué más al espejo, como si buscara algo en mi propio rostro, algo que me recordara quién era antes de que todo se derrumbara. Pero no había nada. Solo el vacío.

Las rosas blancas en mis manos temblabsn tanto como mis dedos, pero no es nerviosismo lo que me invade… es terror. Dolor. Y ese sabor amargo de lo inevitable, como si estuviera caminando voluntariamente hacia una jaula de la que no sé si podré salir viva. El ramo lo siento como una piedra, enterrándoseme en el pecho. ¿Desde cuándo se volvió tan difícil respirar?

Me acerqué más al espejo. Toqué el cristal, como si esperara que la superficie se quebrara y revelara algo detrás. Una salida. Una esperanza. Algo. Lo que fuera. Pero solo estaba yo... o lo que quedaba de mí.

Acaricié el borde del tul con las yemas. Es suave, delicado, fino. Como yo solía ser. Como aprendí que no se puede ser en una casa donde la fragilidad se paga con humillación. 

Observé mi reflejo. La tela es perfecta, el peinado elegante, el maquillaje sin fallas… pero mis ojos… Mis ojos son los de alguien que dejó de creer en los cuentos de hadas hace mucho tiempo.

—¿Quién eres? —me pregunto en apenas un susurro.

Cierro los párpados, solo por un segundo, y me pierdo en el silencio de mi mente. 

Entonces los recuerdos revientan como un cristal. Fríos. Violentos. Inolvidables.

Diez años atrás.

Yo tenía tan solo ocho años. Recuerdo el sol de ese día. Estaba en la piscina, chapoteando bajo el sol, riendo, creyendo que la vida era buena. Mis risas resonando en el jardín. No sabía que eran las últimas. La última vez que reiría sin sentir culpa.

Tenía ocho cuando todo acabó. La silueta de mi tío Víctor apareció como una sombra. Recuerdo sus zapatos mojándose al borde de la piscina, pero a él no pareció importarle.

—Viviana, sal de ahí. Tus padres han muerto.

Así. Sin anestesia. Sin pausa. Como si me estuviera diciendo que el almuerzo estaba listo.

El mundo se volvió silencio. El agua dejó de abrazarme y me soltó. Mis pulmones se comprimieron, mis oídos zumbaron. El agua se volvió hielo alrededor de mi cuerpo. Mi corazón dejó de latir por un instante. Nadé hasta la orilla sin entender cómo. 

Mis piernas no me respondían, pero aun así subí las escaleras de la piscina con las piernas temblando, me envolví en una toalla que no me dio calor, sino una sensación helada y por primera vez sentí el frío real: el que no viene del viento, sino que nace del abandono.

Mi tío no me abrazó. No me miró siquiera. Su voz era plana.

—Murieron en el acto. No sufrieron.

Quise preguntar por qué sonaba casi aliviado. Pero no pude hablar. El llanto se me congeló por dentro. No lloré ese día. Ni el siguiente. Ni en el funeral, donde la lluvia golpeaba los paraguas como si quisiera aplastarnos. 

El funeral fue gris. No solo por el clima, sino por la gente. Miradas falsas, lágrimas ajenas, y ese frío constante clavándose en mis huesos. Llevaba un vestido negro que me quedaba grande, como si la muerte me hubiera tragado y aún no supiera qué hacer conmigo.

Me aferré a la mano de mi tía Margot, buscando algo parecido a calor humano. Me devolvió una sonrisa. Falsa. Perfecta. Cínica. Ahora lo sé. En ese momento, solo era una niña queriendo creer que aún le quedaba algo de familia.

—No te preocupes, cariño. Estarás bien, no estarás sola. —me dijo mi tía con una sonrisa que, en ese momento, creí sincera. 

Pero ahora, años después, entendí que aquella sonrisa era solo la máscara de una mujer que ya planeaba cómo usar a una niña huérfana a su favor.

No sabía que cuándo me trasladé a la casa con ellos, esa decisión marcaría el inicio de una pesadilla que duraría una década. 

Cuando empacaba mis cosas, encontré una foto de mis padres. La sostuve contra mi pecho, permitiéndome por primera vez desde el accidente derramar lágrimas. En ese instante, hice una promesa silenciosa: sobreviviría, por ellos, sin importar lo que el destino le deparara.

Poco sabía la pequeña versión de mí que esa promesa sería puesta a prueba una y otra vez en el futuro, hasta llevarla al momento presente, frente a un espejo, vistiendo un traje de novia que se sentía como una sentencia de muerte.

La casa de mis tíos, grande y lujosa, se convirtió en su prisión. Al principio, intenté adaptarme. Hacía mis tareas sin quejarme, ayudaba en la cocina, y hasta intenté ganarme el cariño de Rebeca, mi prima.  Perfecta. Hermosa, encantadora... venenosa y envidiosa.

Ella nunca me quiso. Desde el primer día, me vio como una intrusa, alguien que había llegado a robarle la atención de sus padres. 

Mi tío Víctor, el hermano de mi padre, el hombre que debía protegerme, se convirtió en mi peor verdugo junto con su esposa y su hija.

—¿Por qué no te vas? Nadie te quiere aquí —me escupió Rebeca un día, mientras intentaba estudiar en la biblioteca. 

Las palabras me dolieron, pero lo peor fue darme cuenta de que, en el fondo, mi prima tenía razón. Mis tíos no me querían. Me toleraban, como se tolera a un mueble viejo que no se puede tirar porque podría ser útil algún día.

Los años pasaron, aprendí a callar, a agachar la cabeza, a sonreír cuando me ordenaban hacerlo. Me convertí en la sirvienta invisible, la que limpiaba, cocinaba y servía el té sin que nadie me diera las gracias. 

Rebeca, por su parte, disfrutaba de cada momento en el que podía humillarme. 

—Viviana, ¿no tienes nada mejor que hacer que estar ahí parada como un tronco? —pronunció con una risa burlona, mientras mis tíos hacían la vista gorda—. ¿Por qué no desapareces de una vez? 

Aprendí a obedecer. A no ocupar espacio. A fingir que no dolía.

Pero dolía.

¡Dios, cómo dolía!

Apenas cumplí los dieciocho años, me citaron en el despacho de mi tío. Me temblaban las manos. Pensé que, por fin, me dejarían marchar. Que era libre.

—Este es el testamento de tus padres —dijo mi tío Víctor, arrojando el papel como si me hiciera un favor—. Puedes acceder a tu herencia... si te casas con el hijo del mejor amigo de tu padre y permaneces casada con él al menos tres años. Esas fueron las condiciones que ellos pusieron.

No lo entendí. No podía. ¿Por qué mis padres harían eso? ¿Por qué ese castigo disfrazado de legado?

Margot no tardó en darme el golpe final.

—Su nombre es Zayden Blackwood. Y si eres lista, intentarás que tu matrimonio funcione. Por tu bien.

A Zayden Blackwood. Nunca lo había visto. Solo escuché su nombre como un eco lejano. Rico. Poderoso. Implacable. Frío. El tipo de hombre que puede comprarlo todo… incluso una esposa.

Y yo… era eso ahora. Una transacción. 

Actualidad.

Tres meses habían pasado desde que me dijeron que debía casarme con ese tal Zayden y ahora estaba allí. Nerviosa, temerosa, esperando el momento.

Un golpe seco en la puerta me arrancó del trance. La voz de mi tía, seca como un azote.

—¿Lista?

Miré mi reflejo una última vez. No vi a una novia. No vi a una mujer feliz.

Vi a una prisionera con flores en las manos.

—Sí. Estoy lista. —Mentí con voz hueca. Pero en el fondo… lo sabía.

No lo estaba.

Jamás lo estaría. Aunque una parte de mí, se aferraba a la idea de que él se convirtiera en mi salvación y que con el tiempo pudiera ganar su corazón y ser feliz.

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